La semana pasada comencé mi nueva vida en Madrid (que de nueva tiene poco, porque más bien es una amalgama de los escombros de la anterior… pero eso es otro tema). El caso es que el sábado pasado salí a la aventura. Después de una odisea de cercanías y metro, llegué a mi destino. Y lo que vi fue digno de Marvin Harris. Os lo comento por encima.
Cuando quiero salir tengo que hacer todo esto
Lo único que conocí realmente es una zona de botellón donde se juntan los residentes de los colegios mayores que hay en la ciudad universitaria (en torno a la Complutense, cerca de Moncloa y de la parada de metro bautizada de forma redundante como Metropolitano). Las relaciones que se establecen ahí se ajustan relativamente bien a un modelo tribal. Entre los miembros de un mismo colegio se caracterizan por la jerarquía: novatos, vicenuevos, veteranos y ex colegiales son los niveles que pude identificar. Supongo que esta férrea estratificación se relaja a medida que avanza el curso.
Por otro lado, entre los distintos colegios domina la rivalidad. Cada colegio tiene símbolos propios (himnos, consignas, etc.) que ensalzan lo propio y atacan lo ajeno. El enfrentamiento a veces supera lo puramente dialéctico y se llega al lanzamiento de objetos, según me han comentado. Este comportamiento me recuerda vagamente al de aficiones rivales antes (o después) de un partido de fútbol.
Por si todavía no me creéis cuando digo que todo lo que rodea a los colegios mayores tiene un sesgo primitivo, dejadme daros una prueba definitiva: las novatadas. Algunas graciosas incluso para quien las sufre (como ir a declararte a alguien que no conoces usando ciertas palabras en tu discurso o hacer una especie de ridículo flashmob en plena calle) y otras no tanto (como recibir duchas con ropa puesta), todas ellas cumplen una misma doble función: garantizar la disciplina del novato ante el colectivo y conducir su integración en el grupo, como si fuera un rito de paso.
Ducha con ketchup, deliciosa novatada
En definitiva, los colegios mayores constituyen una especie de reducto precivilizado. Esto tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Bien es cierto que resulta anacrónico y un tanto ridículo para el espectador neutral (como yo) este modelo tribal de socialización, pero, por otra parte, estoy convencido de que los vínculos creados de esta manera son más sólidos y duraderos que los que pueda establecer cualquier persona civilizada (i.e. individualista).
En cuanto a lo demás, poco que contar. Algún niñato borracho haciendo el cabra con el Audi de papá, mucho pijofacha de Ralph Lauren, poco cani barroco sin estudios y ningún progre perroflauta con palestino. Supongo que estos salen por otra zona: Madrid es muy grande; y yo tengo todo el tiempo del mundo para conocerlo.







